Primeros actos del gobierno
impuesto en México:
1. Reunirse con empresarios españoles
(remember Respol) y asegurarles seguridad y tranquilidad
a su dinero en el país.
A ellos antes que al pueblo, naturalamente.
2. Traidoramente detener en la capital
del país
y meter a la cárcel ("aplicar el estado de
derecho") a 3 líderes
de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca justo cuando éstos
venían
a dialogar con el gobierno para tratar de solucionar el
conflicto oaxaqueño
que lleva más de 6 meses, 15 muertos, cientos de
detenidos (y siguen) y decenas de desaparecidos, los más
de ellos maestros, luchadores sociales y muejeres (al estilo
retro 70s).
Con estos dos actos es clara la postura:
este gobierno, también, es por para y de los empresarios.
Gonzalo Lara
Oaxaca,
vivencia / Luz Maceira Ochoa / Octubre
2006
¿Pero qué hago
aquí escuchando esto que no me gusta oír?, ¿y
qué hago con estas historias que me conmueven hasta
las entrañas y que expresan situaciones frente a
las que no puedo más que sentirme impotente e indignada?
Somos veintidós feministas que vinimos a Oaxaca,
hoy miércoles 25 de octubre, a encontrarnos con
compañeras de organizaciones civiles, de la Coordinadora
de Mujeres Oaxaqueñas 1º de agosto, parte de
la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, y con algunos
de sus líderes, para mostrarles nuestra solidaridad
y para “conocer la situación”. Para “entender”.
Sin embargo, mientras más escucho sus experiencias
y la situación que viven, menos entiendo. No tiene
sentido la injusticia, no tienen sentido las peores arbitrariedades,
no tiene sentido el dolor extremo.
Vinimos a mostrar nuestra solidaridad a estas compañeras
y lo más que puedo ofrecerles es un estúpido
pañuelo para que nos sequemos las lágrimas
silenciosas que se nos escapan primero discretamente y
luego manifiestamente expresivas de todo eso que se nos
duele y sólo nos duele porque no se puede entender.
Son cerca de sesenta mujeres de la Coordinadora quienes
vinieron a reunirse con nosotras, profesionistas: una abogada,
una bióloga, una médica; universitarias,
amas de casa, maestras de educación preescolar y
básica -algunas de ellas pertenecientes a la Sección
22-, mujeres indígenas y no indígenas, campesinas
o “serranas” como se dicen ellas, y también
urbanas. Muchas de ellas están en este movimiento
porque reivindican las demandas de su gremio, otras porque
se han solidarizado a lo que consideran una causa justa,
y más que nada, una necesidad de sobrevivencia:
resistir conjuntamente a las agresiones de un gobierno,
y a una situación sociopolítica y económica
insostenible. Junto con ellas, están también
quienes además han sido particularmente afectadas
por la tiranía gubernamental: mujeres jóvenes
y mayores cuyos hermanos, parejas, papás, compañeros
universitarios, amigos de lucha, líderes locales,
o vecinos han sido desaparecidos, secuestrados y torturados,
encarcelados.
Escucho lo que dicen, empezando por la situación
sistemática de hambre extrema que viven los niños
y niñas de preescolar que motiva a la docente a
lanzarse a la lucha social, que ya es suficiente para causarme
cierta aprehensión, o el asesinato en plena luz
del día de algún otro civil, que aumenta
notablemente mi tensión, hasta el más aterrador
de los episodios de secuestro, tortura y detención
ilegal de un maestro, de un líder social o de un
simple ciudadano capturado y destrozado físicamente
sólo para que sirva como “mensaje” a
los líderes.
Son las 4 de la mañana y tengo la certeza de que
mi corazón desapareció y todo mi esternón
se ha volcado, derrumbado más bien, hacia dentro
de mi cuerpo, lo cual me produce un frío terrible
y mucho dolor. Despierto. Estoy empapada de sudor. No están
fuera de lugar mi corazón ni mis costillas, pero
sí mis sentimientos y mis certezas. Estoy viviendo
la opresión, el desamparo. Y eso que sólo
escuché unas horas a esas mujeres, que no he tenido
a ningún familiar ni conocido en una situación
ni remotamente cercana a la que narran, que no estoy siendo,
como ellas, amenazadas, seguidas, y continuamente “avisadas” ya
sea a través de mensajes que saturan sus celulares
o de llamadas telefónicas a cualquier hora, con
el breve pero claramente violento e intimidatorio: “ya
párele” o “deje de hacer tanto escándalo”.
Sin embargo, no dejo de pensar en lo que compartieron con
nosotras, las que queríamos “entender”,
y quienes nos solidarizamos con un pañuelo.
“Mi marido”, “Ramiro”, “mi
compañero”, “mi papá”, “mis
hermanos”… No están en sus casas ahora.
Fueron asesinados. Están desaparecidos. Están
en la cárcel. En este caso, en grandes operativos,
con motos, tsurus, patrullas, camionetas blindadas, y hasta
helicópteros, han sido secuestrados maestros, líderes
comunitarios, sindicales, o indígenas. Quienes son
llevados en helicópteros, son amenazados con ser
aventados al mar. Pasan horas siendo trasladados de un
sitio a otro hasta que llegan a una cárcel en donde
se les niegan todos sus derechos: no sólo se les
niega la posibilidad de hacer una llamada telefónica,
o de conseguir un abogado particular, sino incluso de saber
en qué lugar están. Algunos han sido llevados
hasta La Palma. Se les tortura física y psicológicamente,
y bajo estos procedimientos se consigue que firmen desde
cartas en donde se niegan a aceptar visitas o a recibir
alimentos diariamente, hasta falsas declaraciones. Permanecen
en celdas de castigo, con capuchas, y permanecen sin contacto
durante días. El control sobre ellos es extremo,
son obligados a entregar las semillas de una manzana, para
que puedan comer otra. Evidentemente el objetivo de esto
es meramente la vejación, el ejercicio del poder.
A veces, sacan a estos presos-secuestrados para “leerles
sus expedientes”, hay casos en que el expediente,
siempre extensísimo, hasta de 600 fojas, cambia
dos o tres veces por semana si se niegan a firmarlo. Puede
haber algunos con cargos que van desde el robo de autos,
hasta el tráfico de drogas o de armas. Muchos son
delitos denunciados por la policía local.
Esta parte es importante, no sé si jurídicamente,
pero sí en términos del sentido, el profundo,
que tiene para ellos y ellas esta lucha en la que están
en la disposición de perder todo, y de hecho, lo
pierden: bajo cargos de delincuentes se tiene y –a
veces- se procesa a los presos políticos. A los
que fueron emboscados y acribillados, la “Procuraduría
de Justicia” los presenta como muertos en “riña
callejera, ocasionada por exceso de alcohol”. Es
una operación simbólica fuerte por la cual
se elimina de la responsabilidad política a los
agresores, que son parte del gobierno, por la que se desvirtúa
la acción y lucha política de las víctimas,
y por la que se mancilla la memoria social de un movimiento.
Respiro profundo. Vuelvo a pensar en los operativos. Esos
que describí antes son como de película gringa.
Es muy fuerte que existan aquí y que se financien
en uno de los estados más pobres de la República
Mexicana. Hay otro operativo que me impactó mucho
más por el despliegue de autoritarismo y la burla
que representa: Irrumpe la policía el día
del tequio o trabajo comunitario, para llevarse a algunos
líderes. La comunidad, cuyo trabajo de esa jornada
giraba en torno a la construcción, se defiende con
ladrillos. Después de horas de lucha, de balas contra
ladrillos, la policía se va. Quedan muchos heridos.
Son llevados al centro de salud donde, por falta de medicamentos
y equipo, no pueden ser atendidos. Llaman a las ambulancias.
Después de unas horas llegan las ambulancias y se
llevan a los heridos. En ellas venían “judiciales
vestidos de doctores”. Esos heridos despertaron amarrados
a una cama de hospital y están presos.
Sobra decir que no hay ningún porro ni escolta
del “gobernador” –que son parte importantísima
de los operativos violentos que emprende el gobierno-,
ni tampoco ningún policía, en la cárcel
o ni siquiera acusado por las agresiones y asesinatos que
cometen, pues después de algunas horas, salen libres “por órdenes
del gobernador”.
La injusticia es extrema. Tampoco es sólo de ahora,
hay presos que llevan 2 o 3 meses en la cárcel,
producto de los operativos de Ulises Ruiz, pero hay otros
que llevan más tiempo, 4 años, 9 años.
La miseria, la manipulación, el cacicazgo, el autoritarismo,
la falta de un estado de derecho, datan de muchísimos
años atrás en Oaxaca (y en muchas otras partes
del país).
Regreso a la voz de las mujeres. Observo en ellas la profunda
necesidad de hablar, con nerviosismo, con llanto, con angustia,
con rabia, pero sobre todo, con mucha claridad. Aunque
empiecen sus narraciones con un “yo no sé por
qué…, “…estoy aquí”, “…este
año me involucré más que otros”,
o un “no tengo ni idea por qué….”, “…se
lo llevaron”, ”…desapareció”,
tienen la seguridad de que requieren luchar. Muchas reconocen
años de lucha y liderazgo locales de sus familiares,
pero siempre expresan un “no sabíamos a quien
nos enfrentábamos” o un “no estábamos
preparados”, la injusticia, la persecución
y castigo gubernamentales sobrepasan todo límite
pensable, y aunque tienen miedo, saben que no pueden echarse
para atrás. Hasta ahora, 11 asesinados, 8 torturados
y 5 detenidos, son el saldo que hasta el 25 de octubre
contaba la APPO en los últimos 3 meses, cuando se
desató con tremenda violencia la represión
en la ciudad de Oaxaca. Sumemos ahora los otros que la
entrada de la Policía Federal Preventiva ha dejado
y dejará.
Pienso en lo que sienten esas mujeres que van buscando
a sus familiares en distintas penales durante días
sin que nadie “les diera razón”. ¡Qué frase!, ¿es
que alguien puede dar razón ante esta situación
totalmente irracional?
Yo nunca había estado cerca de la guerra. Por eso
me impacta y me enferma. Pero lo que más me impacta,
es cómo la lucha y la necesidad de sobrevivir empiezan
a normalizar situaciones que son extremas e intolerables
para quienes estamos fuera: decir “por suerte no
está tan torturado”, como si hubiera
parámetros más o menos aceptables de tortura,
o referirse al paso de las “caravanas de la muerte” (camionetas
blindadas que secuestran o matan gente) como se habla de
cualquier otra cosa, evidencian la cercanía y habitualidad
de cosas que no deben tomarse como usuales ni como norma.
Es una más de las sinrazones.
Junto a todo este horror, siempre aparecen también
con igual, de hecho, con mayor contundencia, la dignidad,
la fortaleza humana capaz de enfrentarse a todo, de sobreponerse,
de construir, de luchar. Un ejemplo son las mujeres de
la Coordinadora que espontáneamente han formado
barricadas, comités de vigilancia, de defensa, de
movilización, de apoyo a campamentos, brigadas móviles,
tomas de oficinas, y de muchas otras cosas para defenderse,
para evitar que trasladen a los presos, para cuidar sus
calles, sus esposos, sus hijos, su propia vida. Mujeres
que tras una marcha para mostrar su repudio al “gobernador” Ulises
Ruiz y al régimen opresor bajo el que viven, y ante
el hartazgo producido por la indiferencia y la manipulación
de los medios de comunicación, que sólo “difaman” al
movimiento, tomaron las instalaciones de tele y radio locales,
y echaron a andar la radiodifusora. Mujeres que, sin nunca
haber visto un micrófono, se convirtieron en comunicadoras
y en activistas políticas que luchan por la libertad,
que recuerdan a “los caídos”, que politizan
a la gente, que les permiten expresarse. Mujeres que quieren
seguir luchando, que no se cansan, a quienes les duelen
sus esposos, padres, hermanos desaparecidos o presos, pero
a quienes más les duelen las condiciones de vida
que tienen y por eso se entrega a la lucha.
En Oaxaca no ha habido clases, pero cómo nos enseñan
esas mujeres y hombres valientes que luchan por justicia
y una vida digna. Escribo esta memoria personal como muestra
solidaria con esas mujeres a quienes me uno para denunciar
la injusticia, la violación sistemática a
todos los derechos humanos y garantías constitucionales,
y la violencia extrema como forma de mal gobierno, y a
quienes agradezco profundamente este aprendizaje doloroso
que comparten con nosotras.
¡FUERA ULISES RUIZ!, ¡ALTO A
LA REPRESIÓN!, ¡PRESOS POLÍTICOS, LIBERTAD!
Luz Maceira Ochoa
Octubre 2006
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