Humores del mercado
Frei Betto / Servicio Informativo "Alai-amlatina"
ALAI AMLATINA, 24/03/2006, Sao Paulo
Más que
todas las encuestas, el Mercado pesa mucho en la elección
presidencial.
Hay quien imagina que es un ente virtual. O sólo
el resultado de una
economía centrada en el lucro, y no en el bienestar
de la mayoría. Y
no falta quien afirma que es una categoría económica
que define el espacio donde se dan las relaciones de compra
y venta.
El Mercado es como Dios: existe, todo el mundo habla de él,
pero se
mantiene invisible y actúa sin que lo percibamos.
La diferencia es que, al
contrario de Dios, sólo promueve el bien de una
minoría.
Y no tiene la menor sensibilidad, sino que perjudica a
la mayoría, apoyado en el dogma de que es inmutable
e inevitable. Como a los grandes criminales, no le
gusta mostrarse. Su principal característica
es su
frecuente cambio de humor. Con facilidad se irrita,
permanece inestable,
nervioso; y un rato después aparece calmado, tranquilo,
sonriente.
Nada le alegra más que engordar el lucro de los
bancos.
Pero cuando al Mercado no le gusta lo que está ocurriendo
- o, como
dicen los comentaristas especializados en economía, “reacciona
mal”- el dólar sube, el Peligro País aumenta,
la Bolsa de Valores cae. Pero si el
Mercado siente su ego acariciado, entonces sucede todo
lo contrario.
Todos sabemos que el Mercado es el termómetro que
hoy nos indica si
hará buen o mal tiempo, pero nadie sabe dónde
vive ni se cruza con él en la esquina. Sólo
los comentaristas y los ministros del área económica
tienen contacto con él. O mejor, el Mercado
conoce el número de los celulares de esa gente. Y
cada mañana, después de leer los periódicos
y de oír en la radio las últimas entrevistas
con los caciques de la política, él llama
a sus portavoces y manifiesta su estado de humor.
Si el presidente le manda al ministro de Hacienda abrir
el arca en
época de elecciones, el Mercado ridiculiza, insulta, vocifera al teléfono
y se toma una caja de Lexotan. Pero si promete no reducir el lucro de
los bancos ni decepcionar a los inversores extranjeros, se calma, sonríe
y manda a sus portavoces anunciar que hoy está de buen humor. Al
Mercado no le importa si hay niños muriendo de hambre en el Valle
del Jequitinhonha o si aumentó el número
de los desempleados en São Paulo. Lo que le
interesa es defender, con uñas y dientes, a los
pocos que ganan mucho. Sobre todo a los inversores
extranjeros, pues no le gusta el Brasil ni los brasileños.
Además, sólo habla inglés y de preferencia
ese extraño dialecto llamado
“economés”.
Al Mercado le gusta también el ver a un país
pobre pagando sus deudas,
aunque mueran millones de miseria. Sí, no
se espante, pues su lógica
es otra. No tiene religión, ni ética,
ni corazón. Sólo intereses. Y no le
gusta ser provocado. Aunque,
por suerte, cuando se altera, sus portavoces aparecen en
los medios de comunicación para transmitirnos su
estado de ánimo. De ese modo
cada vez que se pone nervioso yo me escondo debajo de la
cama. Sé que
en el hemisferio Norte los inversores borran al Brasil
del mapa de la especulación
financiera.
Sin embargo cuando el Mercado se calma salgo aliviado de
mi escondrijo y acompaño a la caída del dólar
y al alza de la Bolsa.
Los acólitos del Mercado veneran a Wall Street
y odian la red de
Protección provisional que asegura a millones de
pensionistas, enfermos y ancianos un futuro de menos penuria. Y
sueñan cada noche con el único porvenir que
les interesa: ocupar un cargo de dirección en el
Banco Mundial o en FMI, figurar en el consejo de los mayores
bancos del país; por eso, tratan a los dueños
del dinero como seminaristas delante del Papa.
No olvide que el Mercado adora jugar al columpio. Lo
que no le gusta
es que le empujen. Y tenga cuidado, pues aunque él
no vota, puede que no le guste su voto en las próximas
elecciones presidenciales. Además,
puede que no apoye a su candidato, porque no le inspira
confianza. Entonces él lanza su propaganda
terrorista, tratando de hacer creer que si tal candidato
venciera habría fuga de inversores, éxodo
de capital, regreso de la inflación y desvalorización
de la moneda. Así que ponga atención,
que el Mercado no suele tener simpatías para quien
favorece al pueblo.
(Traducción de J.L.Burguet)
- Frei Betto es escritor, autor, junto con Paulo Freire
y Ricardo
Kotsko, De “Esa escuela llamada vida”, entre
otros libros.
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