Juicio
a la televisión venezolana
Revista Resumen, Nº 346, 22 de junio de 1980
Renny Ottolina
No puedo dejar
de meter la cuchara en este asunto, porque lo considero
importantísimo:
Los comienzos de la televisión en Venezuela, tenían
un nivel que no creo que ningún país haya
podido igualar.
Estaba Rafael Guinand, estaba Aquiles; aparecían
Connie Méndez, Freddy Reyna, el "Chueco" Riera,
y pare Ud. de contar.
¿Cómo llegamos a ésto?
Si desarrollo más el tema, van a salir unos gritando
que yo lo que estoy es haciéndole propaganda al
régimen castro-comunista-absolutista-nazi-despotista
que está acabando con este país; así que
pasemos al artículo este que está bien bueno
(Fíjense en la fecha).
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Juicio a la televisión venezolana
Revista Resumen, Nº 346, 22 de junio de 1980
Renny Ottolina
La revista Semana me ha solicitado que enjuicie la televisión
venezolana. No es un pedido fácil eso de «enjuiciar».
Enjuiciar es un verbo comprometedor pero las situaciones
comprometidas son, la mayoría de las veces, las
más interesantes. Al enjuiciar a la televisión
venezolana lo hago como un espectador más. Siendo
un medio de comunicación masiva y, como tal, sujeta
al juicio público, quienquiera que vea televisión
tiene derecho a enjuiciarla. En este derecho común
a todo baso la autoridad de mi juicio. Que esa autoridad
cuenta con los recursos que me da el ser un profesional
de la televisión es otra cosa. Pero quiero dejar
claro que, más que como Renny Ottolina, en este
análisis me sitúo como un venezolano más
que tiene televisor en su casa, que tiene esposa e hijos
y tanto él como su familia ven televisión.
La televisión venezolana, hoy por hoy, no aporta
lo que debiera a la cultura nacional. Es más, su
influencia es, quizás, negativa. Para tener un punto
de partida me veo obligado a comenzar por el final, que
en caso de un juicio es el veredicto. Encuentro la televisión
venezolana culpable de ignorar la dignidad de los habitantes
de nuestro país. Paralelamente la encuentro culpable
de desidia en su programación y de pecar de ligereza
en cuanto a la responsabilidad que implica su inmenso poder.
Responsables por igual de esta situación: los patrocinantes,
las agencias de publicidad y las estaciones de televisión.
Conocido el veredicto y los culpables estudiemos las razones
determinantes, y veamos cómo un principio razonable
puede ser distorsionado por una miopía de la industria,
hasta el punto de convertirse en causa del mal causado.
El anunciante, a través del medio de comunicación
masiva, busca un máximo de personas a quienes hacer
llegar su mensaje comercial. Las agencias de publicidad
recomiendan los medios que consideren apropiados para lograr
este propósito, bien sea prensa, radio o televisión.
En este último caso el factor determinante es la
audiencia promedio que pueda tener un programa. En nuestra
industria esto se conoce como rating. Patrocinantes y agencias
quieren, pues, programas de alto rating que las estaciones
de televisión deben producir. Mientras más
personas vean un programa, tanto mejor, porque a más
personas llega el mensaje comercial. Hasta aquí el
planteamiento es bueno. El principio es razonable. Pero
es aquí donde surge la miopía que distorsiona
la responsabilidad paralela que da a la televisión
su tremenda influencia dentro de la vida familiar. Patrocinantes,
agencias y estaciones parecen olvidar que además
del derecho y necesidad de anunciar productos, está el
deber de saberlo hacer. Es en esto en lo que yo creo que
la televisión venezolana está equivocada
desde hace muchos años y en lo que va, cada vez
más, de mal en peor. Patrocinantes, agencias y estaciones
de televisión no vacilan en producir los programas
y las cuñas comerciales más vulgares, chabacanas
y asombrosamente denigrantes para lograr el más
alto rating posible. Su razonamiento aunque equivocado,
es por demás sencillo: «Hay que llegar al
grueso del público». O lo que es lo mismo,
también en el lenguaje de nuestra industria, a las
clases socioeconómicas C, D, E traducido al lenguaje
de todos los días a las grandes masas, que son siempre
los más pobres, pero que son básicas para
el consumo de productos de fabricación masiva. «Hay
que llegar al grueso del publico»... la televisión
venezolana suelta entonces sus andanadas diarias de telenovelas
donde las hijas se disputan el marido de la madre, la madres
no saben quiénes son sus hijos o donde los hijos
no saben quiénes son sus padres. Gracias a este
concepto de la televisión surge el programa donde
un hombre, impulsado por la necesidad o la ignorancia,
no vacila en exponerse al ridículo a costa de su
dignidad, a cambio de unos pocos bolívares. Hasta
hace muy poco la televisión venezolana, no satisfecha
con su esforzada labor hacia el descenso de los más
elementales valores de la dignidad humana, consideró más
que necesario, imprescindible, programar espectáculos
filmados cuya base son el terror y la violencia, en horas
cuando la televisión venezolana estaba absolutamente
segura que habría más niños encendiendo
televisores y, por lo tanto, aumentando el rating. Pero
si todo lo anterior fuese poco, las cuñas comerciales
en su gran mayoría, acostumbran a los televidentes
venezolanos a gritar, a hablar mal nuestro idioma, y a
comprar algunos productos por la razón primordial
de que son estímulos del sexo. Todo eso pagado muy
a conciencia por las agencias publicitarias respectivas
y programado muy a conciencia por las estaciones televisoras
respectivas.
A mi entender, al pensar que las clases económico-sociales
menos avanzadas sean, por su escasa o ninguna educación,
básicamente estúpidas y vulgares es un gravísimo
error. El ser humano tiene una tendencia natural hacia
lo mejor. La televisión venezolana no estimula esta
tendencia, si por el contrario, hace todo lo posible para
desvirtuarla. El hecho de que una persona no haya recibido
la educación a la cual tiene derecho, el hecho de
que una persona no tenga la capacidad adquisitiva que ojalá tuviera,
no hace de ella una persona vulgar, chabacana e indigna.
Solo la hace desgraciadamente, pobre e ignorante. Pero
la calidad humana sigue estando allí, al alcance
de quien quiera estimularla. Con contadísimas excepciones,
patrocinantes, agencias y estaciones ignoran este hecho.
La televisión venezolana está cometiendo
el grave pecado de subestimar al público venezolano
con el agravante de que, haciendo gala de una inconsciencia
inconcebible, lo está haciendo a conciencia.
Una persona ignorante frente a una persona con conocimiento
es, en cierta forma, como un niño. Ese « grueso
del público» famoso es el niño. Me
llena de tristeza ver que se engañe a un niño,
porque lo que la televisión venezolana está diciendo
a su pueblo no es toda la verdad de la vida: la vida no
es solamente gritería, la vida no es que sea normal
el que nazcan niños de padres desconocidos. La vida
tiene valores que son los que la televisión venezolana
no está enseñando al niño. No se puede
ni se debe pagar el rating a costa de la dignidad del venezolano
y lo que patrocinantes, agencias y estaciones no han llegado
a preguntarse todavía es si no venderían
más los productos anunciados o por lo menos en igual
cantidad, destacando valores positivos en lugar de exaltar
los aspectos negativos de la vida. Y no es tan complicado.
Ni siquiera es difícil.
La televisión tiene una influencia en el hogar
mucho mayor que la de cualquier otro medio de comunicación
masiva. Su fuerza es terrible. Esa fuerza implica una mayor
responsabilidad. Quien no sabe asumir esta responsabilidad
no está a la altura de la fuerza de la cual dispone.
Es hora de que la televisión venezolana esté a
la altura de su fuerza. Es hora de que la competencia entre
estaciones cese en su lucha por demostrar quién
puede ser el más vulgar de todos. Es hora que la
competencia sea para ver quién puede lograr el mayor
respeto, el mayor aprecio y el mayor cariño de la
comunidad venezolana. Los patrocinantes no deben pagar
programas donde haya situaciones que vayan en contra de
la dignidad familiar ni aquellos que puedan deformar la
percepción que los niños deban tener de la
vida. Las agencias de publicidad tienen la obligación
de no recomendarlos las estaciones de televisión
tienen el deber de no producirlas.
Tremenda fuerza de este medio y los 75.000.000 Bs. que
anualmente se invierten en televisión, el 20% es
comisión de las agencias publicitarias, implica
un mínimo de deber para elevar el nivel de las clases
socioeconómicas más bajas. De ninguna manera
da el derecho de denigrarlos más aún. Yo
estoy convencido de que se puede tener éxito con
la televisión, trabajando dentro de un mínimo
de dignidad. Pensando con sinceridad que hay principios
elementales que es necesario respetar. Actuando con el
convencimiento de que es mucho lo que se gana cuando lo
que se da es también mucho. Y no deja de ser descorazonador
el recordar que hace 12 ó 14 años, en sus
comienzos, la televisión venezolana tenía
una calidad de altura excepcional.
Es, además, económicamente aconsejable hacer
los máximos esfuerzos por elevar los niveles de
ese «grueso del publico» a quien hoy por hoy
se le dan gritos y situaciones equívocas por la
televisión. Es del propio y básico interés
de los patrocinantes de hoy en día el que la población
venezolana tenga un nivel de educación más
alto lo antes posible, por cuantos mayores sean los conocimientos
de esas masas mayores será su poder adquisitivo.
Hacer hoy todo lo posible por mejorar intelectualmente
a la gran masa venezolana, es el mejor seguro de supervivencia
con el cual los industriales de hoy pueden contar en un
mañana muy cercano, es absurdo, que en vista de
lo anterior, no sepan aprovechar mejor la magnífica
oportunidad que la televisión ofrece para este propósito.
Quienes pagan a la televisión deben hacerse un examen
de conciencia y preguntarse en qué lugar queda su
responsabilidad para con el país. Las estaciones
de televisión deben estar en capacidad de ofrecer
programas que puedan ser comprados por esos patrocinantes
que se han hecho ese examen de conciencia. Y las agencias
de publicidad no deben vacilar en recomendar, además
de la cosa cuantitativa, el valor cualitativo. De no ser
así yo predigo que la televisión venezolana
se irá hundiendo cada día más, en
su mar de irresponsable vulgaridad con la única
consecuencia de provocar la intervención del Estado.
Y tendrá que intervenir el estado atendiendo el
clamor de los hombres y mujeres responsables del país,
que cada día hacen sentir más fuerte su voz
de justa protesta.
Cuando estemos en manos del Estado habremos perdido la
libertad de competencia, la libertad de escogencia entre
canales, y con toda probabilidad habremos perdido la libertad
de expresión; como es lógico pensar por cuanto
ningún gobierno en su sano juicio va a permitir
que se use un medio por él directamente controlado
para que se le hagan críticas que podrían
ser acerbas si así lo ameritase la situación
de tal gobierno. ¿De quien será entonces
la culpa? La respuesta es una sola: de quienes hoy en día
pagan y administran la industria de la televisión
venezolana.
Soy solo un venezolano más que tiene televisor
en su casa y que con su familia ve televisión. Como
tal creo hacerme eco del hombre pobre que quiere dejar
de serlo si tan solo le dieran la oportunidad de saber
un poco más de lo que sabe, y del hombre pudiente
que tiene en sus manos la decisión final de este
problema.
Ambos, estoy seguro coincidirán en pensar que nuestra
televisión debe seguir el camino correcto para construir
el algo, de lo mucho que puede al mejoramiento de la comunidad
venezolana. No es mucho pedir.
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El mundo está bien, el loco soy yo
Rafa Gómez
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